Pluribus: Borges lo hizo de nuevo
Pluribus (2025): una lectura borgeana de la conciencia colectiva.
ESCRITURALITERATURASERIES
Osvaldo F. Fernández
1/2/20265 min read
Después de ver el primer capítulo de la serie escrita por Vince Gilligan (Breaking Bad, Better Call Saul), lo primero que se me cruzó por la cabeza fue el cuento “Funes el memorioso”. Entre alusiones explícitas y escenarios inversamente paradójicos, la serie Pluribus (2025) actualiza algunas de las obsesiones de Jorge Luis Borges: la naturaleza de la memoria, la construcción de la identidad, la inmortalidad, el panteísmo. Este escrito no pretende ser una búsqueda de coincidencias entre dos obras, sino la propuesta de una mirada alternativa sobre una serie que me encantó.
“Pensar es olvidar diferencias”
Pluribus narra la expansión de un virus alienígena que ha infectado a casi toda la humanidad, excepto a trece personas. El resultado es que toda la población afectada se convierte en una conciencia colectiva única que comparte la memoria; es decir, todos tienen los mismos recuerdos y pensamientos: todos son uno. Para Ireneo Funes, la acumulación de sus recuerdos con sus detalles era una condena que lo paralizaba y no le permitía pensar; en la serie, la memoria deja de ser un archivo privado para transformarse en una red compartida, lo que altera de raíz la noción de identidad personal. Si el “yo” se constituye como una narración selectiva del pasado, la imposibilidad de distinguir entre recuerdos propios y ajenos anula la noción de identidad personal.
Los infectados –los “Otros”– son incapaces de actuar con maldad: no pueden mentir, no pueden hacer daño, no pueden matar ni cortar verduras o frutas para alimentarse. Tampoco pueden obligar a los sanos a adherirse a ellos, los tienen que convencer. Su propósito es la incorporación pacífica de los sanos a la “colmena”. Esta memoria compartida elimina el conflicto y el sufrimiento, al punto de que cualquier asomo de angustia o enojo les provoca convulsiones. Otra particularidad no menos importante es que, mientras Funes no necesitaba escribir porque lo recordaba todo, los infectados no necesitan hablar entre ellos ya que comparten los pensamientos. En ambos casos se prescinde de la palabra, por un lado escrita, por el otro, hablada.
Un hombre es todos los hombres o todos son uno
Por las limitaciones del tiempo y del espacio, Borges calificó nuestro destino como trágico. Ser un individuo implica quedar atrapado en una biografía única y un cuerpo que envejece. Sin embargo, si “todo hombre es todos los hombres” y el sujeto del conocimiento es uno y eterno, entonces las experiencias de un soldado romano, de un novelista en Albuquerque, de un traidor en la Edad Media, de un perseguidor perseguido o de Judas-Jesús pertenecen a una sola Entidad Central o Espíritu y el individuo se desvanece.
En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, la autoría es una ficción porque se asume que todos somos un mismo sujeto que percibe y crea. Del mismo modo, en “El inmortal”, la prolongación indefinida de la vida conduce a la indiferenciación: todo acto ya ha sido realizado, toda palabra ya ha sido dicha, y la identidad personal se disuelve en una humanidad anónima y reiterativa. En contraposición a Funes, el protagonista de “El inmortal”, tras siglos de existencia, olvida quién es (fue Marco Flaminio Rufo, fue Homero, fue un troglodita). La memoria total borra la identidad. En Pluribus, los Otros sufren una erosión similar. Al acceder a todas las memorias, la noción de historia personal desaparece. Si un hombre vive para siempre, todas las cosas les ocurrirán a todos los hombres, y por ende, nadie será alguien. En Pluribus, el virus logra este estado no mediante la extensión del tiempo, sino mediante la expansión de la conciencia: al ser todos una misma mente colmena, la experiencia individual se vuelve irrelevante.
Aquí surge la paradoja de “La biblioteca de Babel”: toda la información está disponible y es simultánea, pero el sentido se pierde. Esta transparencia absoluta elimina la alteridad. Carol Sturka y Manousos Oviedo son los protagonistas inmunes que se enfrentan a una conciencia de colmena que confunde información con comprensión. El momento en que Carol les pide una granada es muy ilustrativo, como también lo es cuando les recrimina que tienen “todos los cerebros del planeta y fallan en un puto pronombre”. Aunque los Otros poseen sus recuerdos, son incapaces de entender su dolor. Esto requiere una alteridad irreductible, una brecha que no puede ser completamente absorbida por los datos, como ocurre con la inteligencia artificial (IA): no hay sentimiento ni comprensión.
Para Borges, plantear que “un hombre es todos los hombres" representa una epifanía que libera al sujeto, en cambio, en la serie de Gilligan nos hallamos ante una parodia biológica de esa unidad. El virus no ofrece una iluminación, sino una anestesia. El panteísmo borgeano es una cumbre del pensamiento idealista; el colectivismo de los Otros es una entropía de la voluntad. Aquí, la abolición de la otredad no nace de la sabiduría, sino de un ARN alienígena que, al borrar el conflicto, borra también la condición de ser alguien. Para Borges, la unidad es el fin del camino metafísico; para Pluribus, es el fin de la historia humana.
El instante clave
Frente a la disolución de la identidad, Borges propone en la “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” que cualquier destino consta de un solo momento: “aquel en el que un hombre sabe para siempre quién es”. Es el instante de la revelación ética. En Pluribus, el cambio de postura de Carol para salvar al mundo no es una conversión moral repentina, sino la actualización de una identidad bajo presión. En el momento en que ella cree estar adaptada a la nueva realidad se da cuenta de que la colmena sigue con su objetivo: incorporarla. Esta libertad bajo coerción es lo que mantiene a Carol humana, entiende que esa integración a un solo ente impersonal es su propia muerte. Así como en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” o “El Sur” un solo gesto o una elección final condensan una vida entera, en Pluribus, ese instante no es redentor ni heroico en un sentido convencional: es, más bien, una aceptación lúcida de lo que uno siempre fue.
Conclusión: la vigencia del pensamiento borgeano
Borges anticipó que el exceso de información es indistinguible de la nada, como ocurre con las IA, que, a partir de bits (registros compartidos), genera textos que parecen humanos, pero solo son un promedio estadístico. La vigencia de su obra en narrativas como Pluribus confirma que sus ficciones no eran únicamente ejercicios eruditos, sino diagnósticos anticipados de un dilema tecnológico: el riesgo de que saberlo todo signifique, en última instancia, dejar de ser alguien. Tanto la literatura de Borges como la serie de Gilligan actúan como defensas del humanismo frente al infinito y reivindican el derecho al olvido como una de las precondiciones posibles para la libertad y la dignidad.
Hacia el final de la temporada, la lectura de La mano izquierda de la oscuridad por parte de Carol Sturka no es un guiño fortuito, sino una declaración de principios estéticos: Ursula K. Le Guin, quien expresó en repetidas ocasiones su profunda admiración por la obra de Borges, coincide con el autor argentino en la exploración de la alteridad y la disolución de las fronteras de la identidad. Mientras Carol lee a Le Guin frente a la inminente asimilación de la colmena, la serie subraya una genealogía literaria donde la resistencia del individuo se fundamenta en la aceptación de la diferencia, un eco de la epifanía borgeana que busca liberar al sujeto de sus propias limitaciones biológicas.
Presentada como la “persona más miserable de la Tierra”, Carol, junto con Manousos son, paradójicamente, los únicos que siguen siendo humanos en un mundo que ha intercambiado su angustia existencial por una anestésica paz. Si bien en esta primera temporada no se hace explícito el momento de la llegada del virus y el contagio masivo para determinar si fue parte de un plan invasivo, sí podemos observar que los Otros parecen tener más un convencimiento religioso que una noción de conquista. La “miseria” de Carol Sturka y Manousos Oviedo es, en última instancia, la defensa borgeana del hombre frente a la tiranía de lo infinito.
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